El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Venía magnífico, moreno del sol y el agua del mar, con chaqueta nueva y botines de charol. Y charlando demoradamente sobre A Vieira, de los conocidos que estaban por allí, de lo que había pescado, de las soberbias partidas de lotería, hacía pasar por aquel triste cuarto de la vieja enferma todo un soplo vivificante de vida divertida a la orilla del mar. Doña Josefa tenía dos lágrimas en los párpados por el placer de ver al señor párroco, de oírlo.

—Y la mamá lo pasa bien —le dijo a Amélia—. Ya ha tomado sus buenos treinta baños. El otro día ganó quince tostones haciendo trampas… ¿Y por aquí qué tal?

Entonces la anciana estalló en amargas quejas: ¡qué soledad!, ¡qué tiempo de lluvia!, ¡qué falta de amistades! ¡Ay! Estaba perdiendo su alma en aquella quinta fatídica.

—Pues yo —dijo el padre Amaro cruzando la pierna— me lo he pasado tan bien que estoy con la idea de volver la semana que viene.

Amélia, sin contenerse, exclamó:

—¡Ésas tenemos! ¡Otra vez!

—Sí —dijo él—. Si el señor chantre me da un permiso de un mes, me lo voy a pasar allí… Me ponen una cama en el comedor del profesor y tomo un par de baños… Estaba harto de Leiría y de aquel aburrimiento.


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