El crimen del padre Amaro

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Para colmo, las impertinencias de la anciana se le volvían odiosas. La pobre doña Josefa, privada de los auxilios devotos de un cura, de un verdadero cura —no de un abad Ferrão—, sentía su vieja alma indefensa expuesta a todas las audacias de Satanás: la singular visión que había tenido de san Francisco Javier desnudo se repetía ahora con una insistencia pavorosa y con todos los santos, era toda la corte celestial arrojando túnicas y hábitos y bailándole en la imaginación zarabandas en pelota, y la vieja se estaba muriendo perseguida por estos espectáculos organizados por el demonio. Había reclamado al padre Silvério, pero parecía que un reumatismo general impedía a todo el clero diocesano; desde el principio del invierno, Silvério estaba también en cama. El abad de Cortegaça, llamado urgentemente, fue. Pero para comunicarle la nueva receta que había descubierto para hacer bacalao a la vizcaína… Esta ausencia de un sacerdote virtuoso la ponía de un humor feroz que recaía sobre Amélia como una lluvia de impertinencias.

Y la buena señora estaba pensando seriamente en enviar a que buscasen en Amor al padre Brito… cuando una tarde, al terminar de comer, inesperadamente, ¡apareció el señor párroco!



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