El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Sola?
—La madrina está durmiendo y la Gertrudes fue a la ciudad… Llevo aquí toda la mañana, tomando el sol.
Amaro iba adentrándose en la casa, sin responder, se detuvo ante una puerta abierta en la que vio un gran lecho con dosel y alrededor sillas de coro de convento.
—¿Es ésta su habitación?
—Sí.
Entró confianzudamente, con el sombrero puesto.
—Mucho mejor que la de la Rua da Misericórdia. Y buenas vistas… Son las tierras del señorito, aquellas…
Amélia había cerrado la puerta, y yendo derecha hacia él, con los ojos llameantes:
—¿Por qué no has contestado a mi carta?
Él rió:
—¡Qué gracia! ¿Y por qué no has contestado tú a las mías? ¿Quién empezó? Fuiste tú. Dices que no quieres pecar más. Tampoco yo quiero pecar más. Se acabó…
—¡No es eso! —exclamó ella, pálida de indignación—. Es que hay que pensar en el niño, en el ama, en el ajuar… ¡No es dejarme aquí abandonada!
Él se puso serio, y en tono resentido: