El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pido perdón… Me precio de ser un caballero. Todo eso quedará arreglado antes de que vuelva para A Vieira…
—¡Tú no vuelves a A Vieira!
—¿Quién lo dice?
—¡Yo, que no quiero que vayas!
Lo había cogido con fuerza por los hombros, reteniéndolo, apoderándose de él; y allí mismo, sin reparar en la puerta apenas cerrada, se le abandonó como antaño.
Dos días más tarde, el abad Ferrão apareció ya restablecido de su ataque de reumatismo. Le habló a Amélia de la bondad del señorito, que había llegado a mandarle todas las tardes, en un recipiente de lata con agua caliente, una gallina cocida con arroz. Pero sobre todo era a João Eduardo a quien debía la mayor caridad; todas sus horas libres las pasaba al pie de la cama leyéndole en voz alta, ayudándolo a sanar, quedándose con él hasta la una de la noche, con celo de enfermero. ¡Qué chico! ¡Qué chico!
Y de pronto, tomando las dos manos de Amélia, exclamó:
—Dígame, ¿me da permiso para que se lo cuente todo, para explicarle?… Para conseguir que él perdone y olvide… Y que se haga esta boda, que se haga esta felicidad…
Ella balbució sorprendida, muy colorada: