El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Así de repente… No sé… Tengo que pensarlo…
—Piénselo. ¡Y que Dios la ilumine! —dijo el viejo con fervor.
Aquella era la noche en que Amaro debía entrar por el portoncito de la huerta cuya llave le había dado Amélia. Desgraciadamente se habían olvidado de los perros del casero. Y apenas Amaro puso el pie en la huerta, estalló en el silencio de la noche oscura un ladrar de perros tan desabrido que el señor párroco huyó carretera adelante, con los dientes castañeteándole de terror.