El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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XXIII

Aquella mañana Amaro mandó llamar a la Dionísia a toda prisa, tan pronto recibió el correo. Pero la matrona, que estaba en el mercado, llegó tarde, cuando él, de regreso de misa, acababa de desayunar.

Amaro quería saber con seguridad e inmediatamente para cuándo era la cosa

—¿El buen suceso de la pequeña?… Entre quince y veinte días… ¿Por qué? ¿Hay novedades?

Las había; y entonces el párroco le leyó confidencialmente una carta que tenía al lado.

Era del canónigo, que escribía desde A Vieira diciendo que «la Sanjoaneira había tomado ya treinta baños y quería regresar. Yo —añadía— pierdo casi todas las semanas tres o cuatro baños a propósito para espaciarlos en el tiempo, porque mi mujer ya sabe que yo sin cincuenta no vuelvo. Ahora ya llevo cuarenta, tome usted nota. Además, por aquí empieza a hacer frío de veras. Ya se ha marchado mucha gente. Así pues, dígame a vuelta de correo en qué situación están las cosas». Y en una posdata decía: «¿Ha pensado usted qué destino ha de dársele al fruto

—Veinte días, más o menos —repitió la Dionísia.


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