El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Fray Maleitas!… ¡Tiene gracia! Como el señor Amaro andaba tan paliducho, siempre metido en la capilla…
Pero Teresa, dirigiéndose a la condesa:
—¿Sabes a quién se parece este señor?
La condesa se fijó en él, el muchacho rechoncho se colocó el monóculo.
—¿No se parece a aquel pianista del año pasado? —continuó Teresa—. No recuerdo ahora el nombre…
—Ya sé, Jalette —dijo la condesa—. Bastante. En el pelo no.
—¡Claro, el otro no tenÃa tonsura!
Amaro se puso colorado. Teresa se levantó arrastrando su soberbia cola, se sentó al piano.
—¿Sabe música? —preguntó, volviéndose hacia Amaro.
—La enseñan en el seminario, señora.
Ella en un momento recorrió con la mano el teclado de sonoridades profundas y tocó la frase del Rigoletto parecida al Minueto de Mozart, lo que dice Francisco I al despedirse de la señora de Crezy en la fiesta del primer acto, cuyo ritmo desolado tiene la lánguida tristeza de amores que se acaban y de brazos que se desenlazan en despedidas supremas.