El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro estaba embelesado. Aquella sala magnífica, con sus blancuras de nube, el piano apasionado, el cuello de Teresa, que veía bajo la negra transparencia de la gasa, sus trenzas de diosa, las serenas arboledas del jardín señorial, le sugerían vagamente la idea de una existencia superior, de novela, transcurrida sobre alfombras preciosas, en cupés acolchados, con arias de ópera, melancolías de buen gusto y amores de placer extraño. Hundido en la blandura de la causeuse, escuchando el llanto aristocrático de la música, recordaba el comedor de su tía y su olor a sofrito: y era como el mendigo que prueba una crema fina y, sorprendido, demora su placer pensando que va a volver a la dureza de los mendrugos resecos y al polvo de los caminos.
Mientras, Teresa, cambiando bruscamente de melodía, cantó la antigua aria inglesa de Haydn que tan sutilmente habla de las melancolías de la separación:
The village seems dead and asleep
when Lubin is away!…
—¡Bravo, bravo! —exclamó el ministro de Justicia apareciendo por la puerta, aplaudiendo con suavidad—. ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Delicioso!
—Tengo que pedirle una cosa, señor Correia —dijo Teresa, levantándose.
El ministro acudió con prontitud galante.
—¿Qué es, señora? ¿Qué es?