El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El conde y el individuo de las patillas magníficas entraban, todavía discutiendo.
—Joana y yo tenemos que pedirle una cosa —dijo Teresa.
—¡Yo ya se lo he pedido! ¡Dos veces! —intervino la condesa.
—Pero, señoras —dijo el ministro, sentándose confortablemente, con las piernas muy estiradas, el rostro satisfecho—: ¿De qué se trata? ¿Es algo importante? ¡Dios mío! Prometo, prometo solemnemente…
—Bien —dijo Teresa dándole un golpecito en el brazo con el abanico—. Entonces, ¿cuál es la mejor parroquia vacante?
—¡Ah! —dijo el ministro, comprendiendo y mirando a Amaro, que hundió la cabeza entre los hombros, ruborizado.
El hombre de las patillas, que estaba de pie haciendo saltar con circunspección la tapa de su reloj, se adelantó, muy informado.
—De las vacantes, señora, Leiría, capital de distrito y sede episcopal.
—¿Leiría? —dijo Teresa—. Ya sé, ¿es donde hay unas ruinas?
—Un castillo, señora, edificado por Dom Díonis.
—¡Leiría es excelente!