El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Cómo que no conviene! —exclamó el párroco—. ¿Qué importa que viva en A Ricoça?… Cuando la muchacha esté convaleciente, las señoras se vienen para la ciudad y no se vuelve a hablar de A Ricoça.
Pero la DionÃsia seguÃa pensando, rascándose el mentón despacio. También conocÃa a otra. Ésta vivÃa por la parte de A Barrosa, a una buena distancia… Criaba en casa, era su oficio… ¡Pero ésa ni hablar!
¿Es débil, enferma?
La DionÃsia se acercó al párroco, y bajando la voz:
—Ay, hijo, a mà no me gusta acusar a nadie. Pero, está demostrado, ¡es una tejedora de ángeles!
—¿Una qué?
—¡Una tejedora de ángeles!
—¿Qué es eso? ¿Qué significa eso? —preguntó el párroco.
La DionÃsia tartamudeó una explicación. Eran mujeres que recibÃan niños para criar en casa. Y los niños morÃan sin excepción… Como habÃa habido una muy conocida que era tejedora y las criaturitas se iban al cielo… De ahà venÃa el nombre.
—Entonces, ¿los niños se mueren siempre?
—Sin fallar uno.
El párroco paseaba despacio por la habitación, liando su cigarrillo.