El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro No se había equivocado, era ella; pero pensando que la figura temible «que tejía los ángeles» debía de estar en alguna parte, oculta en algún tenebroso agujero de la casa, todavía pregunto:
—¿Vive usted aquí sola?
La mujer lo miró con desconfianza.
—No, señor —dijo por fin—, vivo con mi marido…
Precisamente el marido salía del patio: éste sí que daba miedo, casi enano, con la cabeza envuelta en un paño y muy hundida entre los hombros, la cara de un amarillo cerúleo, aceitosa y brillante; en el mentón se le rizaban los pocos pelos de una barba negra; y bajo los hundidos arcos ciliares, sin cejas, aparecían dos ojos enrojecidos, sanguinolentos, ojos de insomnio y borrachera.
—Para servirlo, ¿desea alguna cosa Su Señoría? —dijo, muy pegado a las faldas de su mujer.
Amaro fue metiéndose en la cocina y tartamudeando una historia que iba forjando laboriosamente. Era por una pariente que iba a dar a luz. El marido no había podido ir a hablar con ellos porque estaba enfermo… Quería una ama para que les fuese a casa, y le habían dicho…