El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ató la yegua a la cancela que había frente a la casa y miró a través de la puerta abierta: había una cocina terrera con un gran hogar, con salida al patio alfombrado de broza donde hozaban dos lechoncitos. Sobre la repisa de la chimenea relucía la loza blanca. De sus flancos colgaban dos grandes cacerolas de cobre, con un lustre de casa rica. En un viejo armario semiabierto blanqueaban rimeros de ropa, y había tanto orden que del aseo y la disposición de las cosas parecía surgir una luz.
Amaro dio unas sonoras palmadas. Una tórtola saltó asustada en su jaula de mimbre colgada de la pared. Después llamó en voz alta:
—¡Señora Carlota!
Inmediatamente apareció una mujer por la parte del patio con una criba en la mano. Y Amaro, sorprendido, vio a una agradable persona de casi cuarenta años, de fuertes pechos, ancha de hombros, de cuello muy blanco, con dos hermosos pendientes y unos ojos negros que le recordaron a los de Amélia o, más bien, el brillo más reposado de los de la Sanjoaneira.
Asombrado, balbució:
—Creo que me he equivocado… ¿Es aquí donde vive la señora Carlota?