El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Aún tenía tiempo, apenas eran las cuatro. Le haría bien un paseo a caballo en aquella tarde suave y lustrosa. No dudó más; fue a alquilar una yegua a la posada del Cruz; y al poco tiempo, con la espuela en el pie izquierdo, galopaba derecho por el camino de A Barrosa.
Al llegar al sendero del que le había hablado la Dionísia, se apeó y continuó andando con la yegua sujeta por las riendas. La tarde estaba admirable; muy alto en el azul, un gran pájaro trazaba suaves semicírculos.
Encontró por fin el pozo ciego junto a dos castaños en los que todavía gorjeaban los pájaros; delante, en un terreno llano, muy aislada, estaba la casa con su cobertizo; el sol poniente daba en la única ventana del costado, encendiéndola en un resplandor de oro y brasa; y, muy fino, salía de la chimenea un humo claro en el aire sereno.
Una gran paz se extendía alrededor, en el monte, oscurecido por las ramas de los pinos bajos, la capillita de A Barrosa ponía la blancura alegre de sus muros muy encalados.
Amaro iba imaginándose la figura de la tejedora; sin saber por qué, la suponía muy alta, con una carota morena en la que fulguraban dos ojos de bruja.