El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y seguía paseando tristemente por su habitación. Realmente el nombre estaba bien puesto, tejedora de ángeles… Con razón. Quien prepara una criatura para la vida con la leche de su pecho, la prepara para los trabajos y las lágrimas… ¡Más vale retorcerle el pescuezo y enviarla derecha a la Eternidad bienaventurada! ¡Él mismo! ¡Qué vida la suya en aquellos treinta años! Una infancia melancólica con aquella urraca de la marquesa de Alegros; después la casa en A Estrela, con el salvaje de su tío el tocinero; y de allí a las clausuras del seminario, la nieve constante de Feirão, y allí en Leiría tantos trances, tanta amargura… Si le hubiesen aplastado el cráneo al nacer, estaría ahora con dos alas blancas cantando en los coros eternos.
Pero en fin, no había que filosofar, había que ir a Os Poiais a hablar con el ama, con la señora Joana Carreira.
Salió, dirigiéndose hacia la carretera, sin prisa. En el puente, sin embargo, le vino de repente la idea, la curiosidad de ir a A Barrosa para ver a la tejedora… No hablaría con ella, simplemente examinaría la casa, la figura de la mujer, el aire siniestro del lugar… Además, como párroco, como autoridad eclesiástica, debía observar aquel pecado organizado en un rincón de la carretera, impune y rentable. Incluso podía denunciarlo al señor vicario general o al secretario del Gobierno Civil…