El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El párroco se quedó toda la mañana en casa, paseando por su habitación, cubriendo el suelo de colillas. Allí estaba ahora, ante aquel episodio fatal que hasta aquel momento apenas había sido una preocupación lejana: ¡disponer de su hijo!
Era muy serio entregárselo de aquel modo a un ama desconocida, en la aldea. La madre, naturalmente, querría ir a verlo a cada momento, el ama podría decirle algo a los vecinos. El rapaz, en la parroquia, acabaría siendo «el hijo del párroco»… Algún envidioso que codiciase su parroquia podría denunciarlo al señor vicario general. Escándalo, sermón, proceso; y, de no ser suspendido, podría ser enviado lejos, como el pobre de Brito, a la sierra, otra vez con los pastores… ¡Ah! ¡Si el fruto naciese muerto! ¡Qué solución natural y eterna! ¡Y para la criatura, qué felicidad! ¿Qué destino podía aguardarle en este duro mundo? Sería el hospiciano, sería el hijo del cura. Él era pobre, la madre era pobre… El muchacho crecería en la miseria, holgazaneando, recogiendo el estiércol de los animales, legañoso y tosco… De necesidad en necesidad iría conociendo todas las formas del infierno humano: los días sin pan, las noches heladas, la brutalidad de la taberna, finalmente la cárcel. Un camastro en la vida, la fosa común en la muerte… Y si muriese… sería un angelito que Dios acogía en el paraíso.