El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero ansiaba tener el niño. Se estremecía con la idea de ver un día a su madre aparecer inesperadamente por A Ricoça. Le había escrito, quejándose de que el señor canónigo la retenía en A Vieira, del mal tiempo que reinaba, de la soledad de la playa. Además, doña Maria da Assunção había regresado; por fortuna, durante el viaje, una noche providencialmente helada había cogido una inflamación de los bronquios y tenía cama para dos semanas, según decía el doctor Gouveia. El Libaninho también había ido a A Ricoça; y se había marchado lamentándose de no haber visto a Amelinha, «que ese día tenía jaqueca».
—Si esto tarda quince días más va a descubrirse todo —le decía lloriqueando a Amaro.
—Paciencia, hija. No se puede forzar a la naturaleza…
—¡Cuánto me has hecho sufrir! —suspiraba ella—. ¡Cuánto me has hecho sufrir!
Él callaba, resignado, muy bueno, muy cariñoso ahora con ella. Iba a verla casi todas las mañanas, porque no quería encontrarse por las tardes con el abad Ferrão.
La había tranquilizado sobre el ama, diciéndole que había hablado con la mujer de A Ricoça recomendada por la Dionísia. ¡Era una elección magnífica la señora Joana Carreira! Una mujer fuerte como un roble, con toneladas de leche y dientes de marfil.