El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Me queda tan lejos para venir después a ver al niño… —suspiraba ella.

Por primera vez le sobrevenían ahora entusiasmos de madre. Se desesperaba por no poder coser ella misma el resto del ajuar. Quería que el niño —¡porque tenía que ser un niño!— se llamase Carlos. Lo imaginaba ya hombre y oficial de caballería. Se enternecía con la ilusión de verlo gatear…

—Ay, cómo me gustaría criarlo, ¡sino fuese por la vergüenza!

—Va muy bien para donde va —decía Amaro.

Pero lo que la atormentaba, lo que la hacía llorar todos los días ¡era pensar que iba a ser un expósito!

Un día fue junto al abad con un plan extraordinario «que le había inspirado la Virgen»: se casaría ya con João Eduardo, ¡pero el muchacho debería aceptar a Carlinhos por escrito! Que para que el angelito no fuese un expósito ¡se casaba hasta con un peón caminero! Y apretaba las manos del abad en medio de una súplica locuaz. ¡Que convenciese a João Eduardo, que le diese un padre a Carlinhos! Quería arrodillarse a los pies del señor abad, que era su padre y su protector.

—Oh, señora, tranquilícese, tranquilícese. Ése es también mi deseo, como ya le he dicho. Y se arreglará, pero más adelante —le dijo el buen viejo, aturdido por aquella excitación.


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