El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Un excomulgado con criado de uniforme! —exclamaba la buena señora, con las manos en la cabeza—. ¡Qué vergüenza, señor párroco, qué vergüenza para la nobleza de estos reinos!
Desde ese día Amélia no volvió a lloriquear si el señor párroco no aparecía por la mañana. A quien esperaba ahora con impaciencia era al señor abad Ferrão por la tarde. Se apoderaba de él, lo quería en una silla junto al canapé; y después de demorados rodeos de ave que tantea la presa, caía sobre él con la pregunta fatal: ¿había visto al señor João Eduardo?
Quería saber lo que él le había dicho, si le había hablado de ella, si la había visto en la ventana. Lo torturaba con preguntas sobre la casa del señorito, el mobiliario de la sala, el número de lacayos y de caballos, si el criado de uniforme servía la mesa…
Y el buen abad respondía pacientemente, contento al verla olvidada del párroco, ocupada en João Eduardo; tenía ahora la seguridad de que se haría aquella boda. De hecho, ella evitaba pronunciar el nombre de Amaro e incluso, una vez que el abad le preguntó si el señor párroco había vuelto por A Ricoça, le respondió:
—Ah, viene por la mañana a visitar a la madrina… Pero yo no lo veo, que ni presentable estoy…