El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Una de aquellas mañanas, Amélia, que se quejaba de calambres, quiso dar un paseo por la habitación apoyada en Amaro; y estaba arrastrándose, enorme en su vieja robe de chambre, cuando se oyeron abajo en el camino cascos de caballos. Se acercaron a la ventana, pero Amaro retrocedió rápidamente abandonando a Amélia que se había quedado embobada con la cara pegada al cristal. Por la carretera, gallardamente montado en una yegua baya, pasaba João Eduardo, de paletó blanco y chistera; a su lado trotaban los dos mayorazguitos, uno en un poni, el otro sujeto con una correa en un burro; y detrás, a distancia, a paso de respeto y de escolta, un criado de uniforme, con botas de caña y espuelas enormes, con una librea muy larga que le hacía arrugas grotescas en los costados, y en el sombrero una escarapela escarlata. Ella se había quedado asombrada, siguiéndolos con la vista hasta que las espaldas del lacayo desaparecieron tras el ángulo de la casa. Sin decir una palabra fue a sentarse al sofá. Amaro, que seguía paseando por la habitación, se rió sarcásticamente:

—El muy idiota, ¡de lacayo a la retaguardia!

Ella no respondió, muy colorada. Y Amaro, fastidiado, salió dando un portazo y se fue a la habitación de doña Josefa, a contarle la cabalgata y a vituperar al señorito.


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