El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Me lo ha dicho el padre Saldanha. Dice que nuestro chantre ha dicho, palabras del Saldanhinha, que le constaba que había en la ciudad un escándalo con un señor eclesiástico…, pero no dijo quién ni qué… El Saldanha intentó sondearlo, pero el chantre dice que había recibido sólo una denuncia vaga, anónima… He estado pensando, ¿quién será?
—Tonterías del Saldanha…
—Ay, hijo, Dios lo quiera. Que los que se alegran son los impíos… Cuando vayas por A Ricoça dale recuerdos a aquellas dos santitas…
Y se fue saltando las escaleras para ir a llevar la virtud al batallón.
Amaro se quedó aterrorizado. ¡Era él sin duda, eran sus amores con Amélia que ya iban llegando hasta el vicario general en forma de denuncias tortuosas! ¡Y allí llegaba ahora aquel hijo, criado a media legua de la ciudad, para quedar como una prueba viva!… Le parecía extraordinario, casi sobrenatural que el Libaninho, que en dos años no le había ido a casa dos veces, que el Libaninho hubiese entrado con aquella noticia terrible en el momento en que su conciencia estaba librando una batalla. Era como si la providencia, bajo la forma grotesca del Libaninho, hubiese ido a llevarle su aviso, a susurrarle: «¡No dejes vivir a quien te pueda traer el escándalo! ¡Mira que ya se sospecha de ti!».