El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Yo no he podido ir por allÃ, ¡he estado tan ocupado!… Estoy de servicio en el cuartel… No te rÃas, parroquito, que estoy haciendo allà mucha virtud… Me meto con los soldaditos, les hablo de las llagas de Cristo…
—Estás convirtiendo al regimiento —dijo Amaro, que revolvÃa en los papeles de la mesa, paseaba, con una inquietud de animal enjaulado.
—No tengo fuerzas para eso, párroco, ¡que si yo pudiese!… Mira, ahora voy a llevarle a un sargento unos escapularios… Están benditos por el Saldanhinha, están llenos de virtud. Ayer le di otros iguales a un cabo primero, un muchacho perfecto, un cielo de muchacho… Se los puse yo mismo por debajo de la camisa… ¡Un muchacho perfecto!
—DebÃas de dejar al coronel esas preocupaciones por el regimiento —dijo Amaro abriendo la ventana, ahogándose de impaciencia.
—¡Anda, menudo impÃo! Si lo dejasen desbautizaba al regimiento. Bueno, adiós, parroquito. Estás palidito, hijo… Necesitas una purga, yo sé lo que es eso. —Iba a salir, pero parándose en la puerta—: Ay, dime, parroquito, dime, ¿no has oÃdo nada por ahÃ?
—¿De qué?