El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Después volvió a casa y se encerró en su habitación, cara a cara con aquella dificultad que sentía como una cosa viva que lo miraba y lo interrogaba: ¿qué iba a hacer con la criatura? Aún tenía tiempo de ir a Os Poiais a buscar a la otra ama, la buena ama que conocía la Dionísia; o podía montar a caballo e ir a A Barrosa a hablar con Carlota… Y allí estaba, ante aquella encrucijada, dudando, en una agonía. Quería serenarse, discutir aquel caso como si fuese un asunto de teología, sopesando los pros y los contras; pero tenía peligrosamente ante sí no dos argumentos, sino dos visiones: la criatura creciendo y viviendo en Os Poiais, o la criatura estrangulada por la Carlota en un recoveco de la carretera de A Barrosa… Y paseando por la habitación sudaba de angustia cuando en el rellano la voz inesperada del Libaninho gritó:
—¡Abre parroquito, que sé que estás en casa!
Tuvo que abrirle al Libaninho, estrecharle la mano, ofrecerle una silla. Pero el Libaninho, afortunadamente, no podía demorarse. Pasaba por la calle y había subido a saber si el amigo párroco tenía noticias de aquellas santitas de A Ricoça.
—Están bien, están bien —dijo Amaro forzando a su rostro a sonreír; a parecer contento.