El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Para distraerse de aquellas ideas, que le organizaban bajo el cráneo el ruido de una tormenta, salió, fue a ver a Natário, que ya se había levantado y que tan pronto lo vio le gritó desde el fondo de su poltrona:

—Pero ¿ha visto usted, Amaro? ¡El idiota, escoltado por un lacayo!

João Eduardo había pasado por su calle, en la yegua baya, con los dos mayorazguitos; y desde aquel momento Natário rugía de impaciencia por estar amarrado a aquel sillón y no poder recomenzar una campaña para expulsarlo, con una buena intriga, de la casa del señorito, para arrancarle la yegua y el lacayo.

—Pero, dándome Dios piernas, no se libra de ellas…

—No le haga caso, Natário —le dijo Amaro.

¡No hacerle caso! Cuando tenía una idea prodigiosa, ¡que consistía en probarle al señorito, con documentos, que João Eduardo era un beato! ¿Qué le parecía al amigo Amaro?

Tenía gracia, en efecto. El individuo no dejaba de merecerlo, sólo por el modo en que miraba a la gente de bien, desde lo alto de la yegua… Y Amaro enrojecía, todavía indignado por el encuentro de la mañana en el camino de carros de A Barrosa.

—¡Está claro! —exclamó Natário—. ¿Para qué somos nosotros sacerdotes de Cristo? Para ensalzar a los humildes y humillar a los soberbios.


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