El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Desde allí Amaro fue a ver a doña Maria da Assunção —que también estaba ya de pie—, quien le contó la historia de su bronquitis y le hizo la enumeración de sus últimos pecados: el peor era que, para distraerse un poco en la convalecencia, se levantaba a mirar por la ventana y un carpintero que vivía enfrente se quedaba embobado observándola; y por influencia del maligno, no tenía fuerzas para meterse dentro y le venían malos pensamientos…

—Pero no me está usted atendiendo, señor párroco.

—¡Cómo, señora!

Y se apresuró a calmarle los remordimientos, porque la salvación de aquella vieja alma idiota era para él un empleo mejor que la propia parroquia.

Ya oscurecía cuando entró en su casa. Escolástica se quejó de que por culpa de su tardanza la comida se había tostado demasiado. Pero Amaro tomó apenas un vaso de vino y un poco de arroz, que engulló de pie, observando con terror por la ventana la noche que llegaba impasible.

Entraba en la habitación a ver si ya se habían encendido los faroles de la calle cuando apareció el coadjutor. Venía a hablarle sobre el bautizo del hijo de Guedes, que estaba señalado para el día siguiente a las nueve.


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