El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Le llevo luz? —dijo desde dentro la criada cerciorándose de la visita.
—¡No! —gritó Amaro.
Temía que el coadjutor percibiese la alteración que notaba en sus mejillas, o que se instalase para toda la noche.
—Dicen que en A Nação de anteayer viene un artículo muy bueno —observó, serio, el coadjutor.
—¡Ah! —dijo Amaro.
Paseaba con su rumbo acostumbrado, del lavamanos a la ventana; a veces se detenía a tamborilear en el ventanal; ya se habían encendido los faroles.
Entonces el coadjutor, escamado por aquellas tinieblas de la habitación y por aquellos paseos de fiera enjaulada, se levantó y con dignidad:
—Tal vez estoy molestando…
—¡No!
Y el coadjutor, satisfecho, se sentó, con su paraguas entre las rodillas.
—Ahora se hace de noche más temprano —dijo.
—Sí…
Finalmente Amaro, desesperado, le dijo que tenía una jaqueca odiosa, que se iba a acostar; y el hombre se fue, no sin recordarle antes el bautismo del niño de su amigo Guedes.