El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro partió para A Ricoça. Afortunadamente la noche estaba tenebrosa y caliente, presagiando lluvia. Abrigaba ahora una esperanza que le hacía latir con fuerza el corazón: ¡que la criatura naciese muerta! Y era bastante posible. A la Sanjoaneira, de joven, le habían nacido dos hijos muertos; la ansiedad en la que había vivido Amélia debía de haber perturbado la gestación. ¿Y si también muriese ella? Ante esta idea, que nunca se le había ocurrido, lo invadió súbitamente una piedad, un cariño por aquella buena muchacha que tanto lo quería y que ahora, por obra suya, gritaba transida de dolor Y además, si muriesen las dos, ella y la criatura, eran su pecado y su error los que caían para siempre en los oscuros abismos de la Eternidad… Él se quedaría como antes de su llegada a Leiría, un hombre tranquilo ocupado de su iglesia, de vida limpia y lavada como una página en blanco.

Paró junto al caserón en ruinas al borde de la carretera en el que debía de estar la persona que venía de A Barrosa a buscar al niño: no estaba decidido si sería la Carlota o el marido, y Amaro temía encontrarse con el enano, llevándose a su hijo con aquellos ojos surcados por una sangre mala. Habló hacia el interior, hacia las tinieblas del casetón:

—¡Hola!

Fue un alivio cuando ovó la clara voz de la Carlota en la oscuridad:


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