El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡Aquí estoy!

—Bien, hay que esperar, señora Carlota.

Estaba contento; le parecía que no tenía nada que temer si su hijo desaparecía anidado contra aquel robusto seno de cuarentona fecunda, tan fresca y tan limpia.

Entonces fue a rondar la casa. Estaba apagada y muda, como si fuese una sombra más densa en aquella lúgubre noche de diciembre. Ni un hilo de luz salía de las ventanas de la habitación de Amélia. No se movía ni una hoja en el aire muy pesado. Y la Dionísia no aparecía.

Aquella tardanza lo torturaba. Podía pasar gente y verlo rondando por la carretera. Pero le repugnaba la idea de ir a esconderse al casetón en ruinas al lado de la Carlota. Caminó a lo largo del muro de la huerta, regresó y entonces vio que en la puerta acristalada de la terraza surgía la claridad de una luz.

Corrió hacia la puertecita verde del huerto, que se abrió casi de inmediato; y la Dionísia, sin decir palabra, le puso en los brazos un fardo.

—¿Muerto? —preguntó él.

—¡Cómo! ¡Vivo! ¡Un mocetón!

Y cerró la puerta despacito cuando los perros, al percibir susurros, empezaron a ladrar.


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