El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Entonces, el contacto de su hijo contra su pecho borró como un vendaval todas las ideas de Amaro. ¡Qué! ¿Dárselo a aquella mujer, a la tejedora de ángeles, que lo arrojarÃa contra algún muro o lo tirarÃa a una letrina? ¡Ah, no! ¡Era su hijo!
Pero ¿qué hacer, entonces? No tenÃa tiempo para correr a Os Poiais y arreglarse con la otra ama… La DionÃsia no tenÃa leche… No podÃa llevarlo a la ciudad… ¡Oh! ¡Qué deseo furioso de llamar a aquella puerta de la quinta, entrar corriendo en el cuarto de Amélia, meterle al pequeñuelo en la cama, muy abrigado, y quedarse allà los tres como en un rincón del cielo! Pero ¿cómo? ¡Era cura! ¡Maldita fuese la religión que lo oprimÃa de aquel modo!
Del interior del fardo salió un gemido. Corrió entonces hacia el casetón, casi tropezó con la Carlota, que enseguida se apoderó del recién nacido.
—Ahà lo tiene —dijo él—. Pero escúcheme bien. Ahora esto es en serio. Ahora es otra cosa. FÃjese que no lo quiero muerto… Es para que lo cuide. Lo que hablamos no vale… ¡Es para que lo crÃe! Es para que viva. Usted ya tiene su paga… ¡Cuide de él!
—Todo entendido, todo entendido —decÃa con prisa la mujer.
—Escuche. El niño no va bien abrigado. Póngale mi abrigo.
—Va bien, señor, va bien.