El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¡No va bien, por mil diablos! ¡Es mi hijo! ¡Tiene que llevar el abrigo! ¡No quiero que se muera de frío!

Se lo arrojó con fuerza sobre los hombros, cruzándoselo sobre el pecho, tapando al niño; y la mujer, ya irritada, enfiló rápidamente por la carretera.

Amaro se quedó plantado en medio del camino, viendo cómo su figura se perdía en la oscuridad. Entonces todos sus nervios, después de aquel impacto, se relajaron con la debilidad de una mujer sensible y rompió a llorar.

Rondó la casa durante mucho tiempo. Pero permanecía en la misma oscuridad, en aquel silencio que lo aterrorizaba. Después, triste y cansado, cuando en la catedral daban las diez, emprendió el regreso a la ciudad.

A aquella hora, en el comedor de A Ricoça, el doctor Gouveia cenaba tranquilamente el pollo asado que le había preparado la Gertrudes para que se repusiese de los trabajos del día. El abad Ferrão, sentado junto a la mesa, lo acompañaba; había ido provisto de los sacramentos por si había peligro.

Pero el médico estaba satisfecho; durante las ocho horas de dolores la chica se había mostrado animosa; el parto, por lo demás, había sido feliz ¡y había salido un mocetón que honraba a su padre!

El buen abad Ferrão, en su pudor de sacerdote, bajaba castamente los ojos ante aquellos pormenores.


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