El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Y ahora —decía el doctor trinchando la pechuga del pollo—, ahora que he introducido al niño en el mundo, los señores (y cuando digo los señores, quiero decir la Iglesia) se apoderan de él y ya no lo dejan hasta la muerte. Por otro lado, aunque con menos avidez, el Estado tampoco lo pierde de vista… Y así comienza el desgraciado su viaje de la cuna a la sepultura, ¡entre un cura y un número de la policía!
El abad se inclinó y sorbió una estruendosa pulgarada preparándose para la controversia.
—La Iglesia —continuaba el doctor con serenidad— empieza, cuando la pobre criatura aún no tiene siquiera conciencia de la vida, por imponerle una religión…
El abad lo interrumpió, medio en serio, medio en broma:
—Oiga doctor, aunque no sea más que por caridad hacia su alma, debo advenirle que el sagrado Concilio de Trento, canon decimotercero impone la pena de excomunión contra todo el que diga que el bautismo es nulo por ser impuesto sin la aceptación de la razón.
—Tomo nota, abad. Estoy acostumbrado a esas deferencias del Concilio de Trento hacia mí y otros colegas…
—¡Era una asamblea respetable! —dijo el abad, escandalizado.