El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Miró un momento hacia el suelo, distraída, dando pataditas a su vestido de seda, se levantó, se sentó al piano bruscamente y recomenzó la dulce aria inglesa:

The village seems dead and asleep

when Lubin is away!…

Mientras tanto, el conde se había aproximado a Amaro, que se puso en pie.

—Está hecho —le dijo—. Correia se entiende bien con el obispo. En una semana está nombrado. Puede irse tranquilo.

Amaro hizo una cortesía y, servil, fue a decirle al ministro, que estaba junto al piano:

—Señor ministro, le agradezco…

—A la señora condesa, a la señora condesa —dijo el ministro, sonriente.

—Señora, le agradezco… —fue a decirle a la condesa, todo inclinado.

—¡Ay, agradézcaselo a Teresa! Parece que quiere ganar indulgencias.

—Señora… —fue a decirle a Teresa.

—Recuérdeme en sus oraciones, señor padre Amaro —dijo ella. Y continuó con su voz quejumbrosa, cantando al piano ¡las tristezas de la aldea cuando Lubin está ausente!


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