El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro A la semana siguiente Amaro recibió su nombramiento. Pero no había olvidado aquella mañana en casa de la señora condesa de Ribamar: el ministro con sus pantalones muy cortos, hundido en el sillón, prometiéndole su nombramiento; la luz clara y serena del jardín entrevisto; el muchacho alto y rubio que decía yes… Le volvía continuamente al cerebro aquella aria triste del Rigoletto; ¡y lo perseguía la blancura de los brazos de Teresa bajo la gasa negra! Los veía inconscientemente enlazarse despacio en torno al cuello airoso del muchacho rubio. Entonces lo detestaba a él y a la lengua bárbara que hablaba y a la tierra herética de donde venía: y le latía la sangre en las sienes ante la idea de que un día podría confesar a aquella mujer divina y sentir el roce de su vestido de seda negra contra su sotana de alpaca vieja, en la oscura intimidad del confesionario.
Un día, al amanecer, tras unos grandes abrazos de su tía, partió hacia Santa Apolonia con un gallego que le llevaba el baúl. Amanecía. La ciudad estaba silenciosa, se iban apagando las farolas. De vez en cuando pasaba algún carro que hacía vibrar la calzada; las calles le parecían interminables; empezaban a llegar campesinos montados en sus burros, con las piernas oscilantes cubiertas por altas botas embarradas; en una y otra calle voces agudas anunciaban ya los periódicos; y los mozos de los teatros corrían con el caldero de engrudo, pegando los carteles por las esquinas.