El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro La Escolástica corrió a la taberna del fondo de la calle, trajo el mosto en un vaso de un cuarto debajo del delantal, y las dos a la mesa, una mojando pan en el café, la otra chupando el vaso hasta el final, coincidían entre suspiros en que en este mundo todo eran disgustos y lágrimas.
Habían dado las once, y la Escolástica estaba pensando en llevarle un caldo al señor párroco cuando él la llamó desde dentro. Tenía puesta la chistera, la chaqueta abotonada, los ojos rojos como rescoldos.
—Escolástica, vaya corriendo al Cruz y que me mande un caballo… Pero deprisa.
Llamó entonces a la Dionísia; y sentado a su lado, casi chocando con las rodillas de la mujer, el rostro rígido y descolorido como un mármol, escuchó en silencio la historia de la noche: las convulsiones repentinas, tan fuertes que ella, la Gertrudes y el señor doctor casi no podían inmovilizarla. ¡La sangre, las postraciones en las que caía! Después la angustia de la asfixia que la ponía tan roja como la túnica de una imagen…
Pero el mozo del Cruz había llegado con el caballo. Amaro sacó de un cajón de ropa interior un pequeño crucifijo y se lo dio a la Dionísia, que iba a volver a A Ricoça para ayudar a amortajar a la señorita.
—Que le pongan este crucifijo en el pecho, me lo había dado ella…