El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro cayó a los pies de la cama, como muerto él también. La Dionísia gritó por la criada. Le inundaron la cara con agua, con vinagre. Se recuperó un poco, muy pálido; las apartó con la mano, sin hablar, y se echó de bruces sobre la almohada con un llanto desesperado, mientras las dos mujeres, consternadas, se retiraban a la cocina.
—Parece que tenía mucha amistad con la señorita —dijo la Escolástica, hablando bajito, como en la casa de un moribundo.
—La costumbre de ir por allí. Estuvo hospedado tanto tiempo… Ay, eran como hermanos… —dijo la Dionísia, todavía llorosa.
Hablaron entonces de enfermedades del corazón, porque la Dionísia le había contado a la Escolástica que la pobre señorita había muerto de un aneurisma reventado. La Escolástica también padecía del corazón; pero lo de ella eran flatos de los malos tratos que le había dado el marido… ¡Ah, también había sido muy desgraciada!
—¿Toma usted una tacita de café, señora Dionísia?
—Mire, señora Escolástica, a decir verdad tomaba una gotita de mosto…