El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Ego te baptiso, Franciscus, in nomine Patris… et Filiis… et Spiritus Sancti…
¿Por fin había terminado? Amaro corrió a la sacristía a desvestirse, mientras la partera, seria, el papá Guedes, las señoras enternecidas, las viejas devotas y los mocosos salían con las campanas repicando; y tapados con los paraguas, chapoteando en el barro, se alejaban llevando en triunfo a Francisco, el nuevo cristiano.
Amaro subió de dos en dos los peldaños de su casa con el presentimiento de que se iba a encontrar a la Dionísia.
Allí estaba, en efecto, sentada en la habitación, esperándolo, magullada, sucia por la lucha de la noche y el lodo de la carretera; y apenas lo vio empezó a lloriquear.
—¿Qué pasa, Dionísia?
Ella rompió a llorar, sin responder.
—¡Muerta! —exclamó Amaro.
—¡Ay, se hizo todo lo que se pudo, hijo, se hizo todo! —gritó por fin la matrona.