El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Entonces Amaro, poniendo levemente el dedo sobre aquella blanca, exigió del recién nacido que allí mismo, en plena catedral, renunciase para siempre a Satanás, a sus pompas y a sus obras. El sacristán Matías, que daba en latín las respuestas rituales, renunció por él, mientras el pobre pequeñuelo abría la boquita buscando el pico de su mamá. Finalmente el párroco se dirigió a la pila bautismal seguido de toda la familia, de las viejas devotas que se les habían unido, de mocosos que esperaban que les repartiesen calderilla. Pero hubo un gran aturullo para hacer las unciones: la partera, emocionada, no acertaba a desanudar los lazotes de la chambra para desnudar los hombritos y el pecho del pequeño; la madrina quiso ayudarla; pero dejó resbalar la vela, llenó de cera derretida el vestido de una señora, una vecina de los Guedes que quedó muy enfurruñada.

Franciscus, credis? —preguntaba Amaro.

Matías se apresuró a afirmar, en nombre de Francisco:

Credo.

Franciscus, vis baptisan?

Y Matías:

Volo.

—Entonces el agua lustral cayó sobre la cabecita, redondo como un melón tierno: la criatura ahora pataleaba enfadada.


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