El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Fue para él una pesada tortura ver a aquella gente alegre que ponía en la gravedad de la catedral, aún más sombría aquel oscuro día de diciembre, un rumor mal reprimido de regocijo doméstico y de fiesta paterna; el papá Guedes, resplandeciente, de chaqueta y corbata blancas; el padrino circunspecto con una gran camelia en el pecho; las señoras de gala y, sobre todo, la partera rechoncha paseando con pompa un montón de encajes replanchados y de lazotes azules entre los cuales apenas se percibían dos mofletitos trigueños. Al fondo de la iglesia, con el pensamiento muy lejos, en A Ricoça y en A Barrosa, el padre Amaro fue cumplimentando deprisa las ceremonias: soplando en cruz sobre la cara del pequeñuelo para expulsar al demonio que ya habitaba aquellas carnecitas tiernas; imponiéndole sal sobre la boca para que le disgustase para siempre el sabor amargo del pecado y para que le tomase gusto a nutrirse sólo de la verdad divina; tocándole con saliva en las orejas y en las narices para que no escuchase jamás las solicitaciones de la carne y jamás respirase los perfumes de la tierra. Y alrededor, con velas en la mano, los padrinos, los invitados, con la fatiga que daban tantos latines farfullados deprisa, sólo se preocupaban del pequeño, recelosos de que respondiese con algún desacato impúdico a las tremendas exhortaciones que le hacía la Iglesia, su Madre.