El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro volvió a la puerta de la Carlota, esperó sentado sobre una piedra, con su caballo cogido por las riendas. Pero aquella casa cerrada y muda le daba miedo. Puso la oreja en la cerradura, con la esperanza de oír algún lloro, una rabieta de recién nacido. Dentro pesaba un silencio de caverna abandonada. Pero lo tranquilizaba la idea de que la Carlota habría llevado al niño con ella a casa de la Micaela. Debería haberle preguntado a la mujer de la taberna si la Carlota llevaba un niño en brazos… Y veía la casa bien encalada, con su ventana encima con una cortina de muselina, un lujo muy raro en aquellas parroquias pobres; recordaba el buen orden, el brillo de la loza de la cocina… Sin duda, el pequeñuelo tendría también una cuna limpia…
Ah, verdaderamente estaba loco el día anterior cuando había puesto allí, sobre la mesa de la cocina, cuatro libras en oro, precio adelantado de un año de crianza, y cuando le había dicho cruelmente al enano: «Cuento con usted. ¡Pobre niñito!…». Pero la Carlota había entendido bien, de noche en A Ricoça, que él ahora quería vivo a su hijo, ¡y criado con mimo!… No iba a dejarlo allí, no, bajo la mirada surcada de sangre del enano… Esa misma noche se lo llevaría a la Joana Carreira de Os Poiais.