El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero las siniestras historias de la Dionísia, la tejedora de ángeles, eran una leyenda insensata. El niño estaría ahora encantado en casa de la Micaela chupando aquel buen pecho de cuarentona sana… Y le venía otra vez el deseo de dejar Leiría, ir a enterrarse a Feirão, llevar con él a la Escolástica, educar allí a la criatura como sobrino, reviviendo en él, ampliamente, todas las emociones de aquellos dos años de romance; y allí pasaría el tiempo en medio de una paz triste, con la nostalgia de Amélia, hasta ir, como su antecesor el abad Gustavo, que también había criado un sobrino en Feirão, a reposar para siempre al pequeño cementerio, bajo las flores silvestres en verano, bajo la nieve blanca en invierno.
Pero apareció Carlota; y se quedó atónita al reconocer a Amaro, sin cruzar la cancela, con la frente arrugada, muy seria su hermosa cara.
—¿Y el niño? —preguntó Amaro.
Tras un silencio, ella respondió sin alterarse:
—No me hable, que me ha dado un disgusto… Ayer mismo, a las dos horas de llegar… El pobre angelito empieza a ponerse rojo y allí se me murió delante de mis ojos…
—¡Miente! —gritó Amaro—. Quiero verlo.
—Entre, señor, si quiere verlo.
—Pero ¿qué le dije yo ayer, mujer?
—¿Qué quiere, señor? Ha muerto. Vea…