El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Había abierto la puerta, con mucha naturalidad, sin cólera ni temor. Amaro divisó en un rincón, junto a la chimenea, una cuna cubierta por un abrigo rojo.
Sin una palabra se volvió de espaldas y montó en el caballo. Pero la mujer, súbitamente muy locuaz, empezó a decirle que precisamente había ido a la aldea para encargar una cajita decente… Como había visto que era hijo de persona de bien no había querido enterrarlo envuelto en un trapo. Pero, en fin, ya que el señor estaba allí le parecía razonable que le diese algún dinero para los gastos… Aunque sólo fuesen unos dos mil reales.
Amaro la miró un momento con un deseo brutal de estrangularla; por fin, le metió el dinero en la mano. Y trotaba ya por el sendero cuando notó que corría detrás de él, llamándolo «¡Pst, pst!». La Carlota quería devolverle el abrigo que le había prestado la víspera: le había hecho muy buen servicio, el niño había llegado caliente como un chicharrón… Desgraciadamente…
Amaro ya no la escuchaba y espoleaba furiosamente el ijar de su montura.
En la ciudad, después de apearse a la puerta del Cruz, no fue a casa. Fue derecho al palacio episcopal. Ahora tenía una única idea: dejar aquella ciudad maldita, no volver a ver las caras de las devotas ni la fachada odiosa de la catedral.