El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Fue sólo al subir la larga escalera de piedra del palacio cuando se acordó con inquietud de lo que había dicho el día anterior el Libaninho sobre la indignación del señor vicario general, de la denuncia anónima… Pero la afabilidad del padre Saldanha, el confidente palaciego, que lo hizo pasar rápidamente a la biblioteca de Su Excelencia, lo tranquilizó. El señor vicario general fue muy amable. Se extrañó del aspecto pálido y nervioso del señor párroco…

—Es que tengo un gran disgusto, señor vicario general. Mi hermana está muriéndose en Lisboa. Y vengo a pedirle a Su Excelencia permiso para ir allí unos días.

El señor vicario general se apenó bondadosamente.

—Por supuesto, puede ir… ¡Ah! Todos somos obligados pasajeros de la barca de Caronte.

Ipse ratem conto subigit, velisque ministrat

et ferruginea subvectat corpora cymba.

»Nadie escapa… Lo siento, lo siento… No me olvidaré de tenerlo presente en mis oraciones…

Y, muy metódico, Su Excelencia tomó una nota a lápiz.


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