El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Al salir del palacio, Amaro fue directamente a la catedral. Se encerró en la sacristía a aquella hora desierta; y después de pensar durante mucho tiempo con la cabeza entre los puños, le escribió al canónigo Dias:

Mi querido profesor:

Me tiembla la mano al escribir estas líneas. La infeliz ha muerto. Yo no puedo, ya ve, y me marcho, porque si me quedase aquí se me rompería el corazón. Su excelentísima hermana estará allí arreglando el entierro… Yo, como comprenderá, no puedo. Le agradezco mucho todo… Hasta un día en que, si Dios quiere, nos volvamos a ver. Por mi parte, deseo irme lejos, a alguna parroquia de pastores, acabar mis días en medio de lágrimas, meditación y penitencia. Consuele como pueda la desgracia de la madre. Nunca olvidaré lo que le debo mientras me quede un soplo de vida. Y adiós, que ni sé dónde tengo la cabeza. Su amigo del corazón.

Amaro Vieira

PS. La criatura también ha muerto. Ya está enterrada.


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