El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cerró la carta con una oblea negra; y después de arreglar sus papeles fue a abrir el gran portalón chapado en hierro, a contemplar un momento el patio, el barracón, la casa del campanero… Las nieblas, las primeras lluvias daban ya a aquel rincón de la catedral su aspecto lúgubre de invierno. Avanzó despacio, bajo el silencio triste de los altos contrafuertes, miró por la ventana de la cocina del tío Esguelhas: allí estaba, sentado junto a la chimenea, con la cachimba en la boca, escupiendo tristemente sobre las cenizas. Amaro golpeó suavemente los cristales. Y cuando el campanero abrió la puerta, aquel interior conocido, rápidamente entrevisto, la cortina de la alcoba de la Totó, la escalera que subía a la habitación, sacudieron al párroco con recuerdos y nostalgias tan brutales que estuvo un momento sin poder hablar, con la garganta atada por un sollozo.
—Vengo a decirle adiós, tío Esguelhas —murmuro—. Me voy a Lisboa, una hermana mía se está muriendo… —Y añadió con los labios temblando por un llanto a punto de romper—: Todas las desgracias vienen juntas. Sabe, la pobre Améliazinha ha muerto de repente…
El campanero enmudeció, asombrado.
—Adiós, tío Esguelhas. Déme la mano, tío Esguelhas. Adiós…
—¡Adiós, señor párroco, adiós! —dijo el campanero con los ojos llenos de lágrimas.