El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro huyó a su casa, conteniéndose para no llorar a voz en grito por las calles. Le dijo a la Escolástica que esa noche partía para Lisboa. El tío Cruz tenía que enviarle un caballo para ir a coger el tren a Chão de Maçãs.

—Sólo tengo el dinero necesario para el viaje. Pero lo que me queda ahí de sábanas y manteles es para usted.

La Escolástica, llorando por perder al señor párroco, quiso besarle la mano por tanta generosidad; se ofreció para hacerle la maleta…

—Yo mismo la arreglo, Escolástica, no se moleste.

Se encerró en la habitación. La Escolástica, todavía llorando, fue entonces a recoger y examinar la poca ropa que había por los armarios. Pero Amaro la llamó al poco tiempo: frente a la ventana un arpa y un laúd desafinados tocaban el Vals de los dos mundos.

—Déles un tostón a esos hombres —dijo el cura, enfadado—. Y dígales que se vayan a tocar al infierno… ¡Que aquí hay gente enferma!

Y hasta las cinco la Escolástica no volvió a oír ruido en la habitación.


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