El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Cuando el mozo del Cruz llegó con el caballo, pensando que el señor párroco se había quedado dormido, fue a llamar despacito a la puerta de la habitación, gimoteando ya por la inminente despedida. Él abrió. Tenía el abrigo sobre los hombros; en medio de la habitación, preparada y amarrada, la maleta de lona que debía de ir en la grupa de la yegua. Le dio un fajo de cartas para que se las entregase aquella noche a doña Maria da Assunção, al padre Silvério y a Natário; e iba a salir, entre los llantos de la mujer, cuando oyó en la escalera el ruido conocido de una muleta, y el tío Esguelhas apareció conmovido.
—Entre, tío Esguelhas, entre.
El campanero cerró la puerta, y tras un momento de duda:
—Disculpe Su Señoría, pero… Me había olvidado completamente con los disgustos que he tenido. Ya hace tiempo que encontré en la habitación esto y pensé que…
Y metió en la mano de Amaro un pendiente de oro. Él lo reconoció de inmediato: era de Amélia. Durante mucho tiempo ella lo había buscado en vano; sin duda se le había caído alguna mañana de amor sobre la cama del campanero. Entonces Amaro, sofocado, abrazó al tío Esguelhas.
—¡Adiós! Adiós, Escolástica. Acuérdense de mí. Déle recuerdos al Matías, tío Esguelhas…