El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El mozo amarró la maleta al sillín y Amaro se fue, dejando a la Escolástica y al tío Esguelhas llorando en la puerta.
Pero después de haber pasado las acequias, tuvo que apearse en un recodo de la carretera para componer el estribo: e iba a montar cuando aparecieron dando la vuelta al muro el doctor Godinho, el secretario general y el señor alcalde del ayuntamiento, muy amigos ahora, de regreso a la ciudad después del paseo. Se detuvieron a hablar con el señor párroco, sorprendiéndose de verlo allí, con una maleta a la grupa, con aspecto de ir de viaje…
—Es cierto —dijo—, ¡me voy a Lisboa!
El antiguo Bibi y el alcalde suspiraron envidiándole la felicidad. Pero cuando el párroco habló de la hermana moribunda se apenaron cortésmente; y el señor alcalde dijo:
—Debe de estar muy afligido, comprendo… Y además esa otra desgracia en casa de esas señoras amigas suyas… La pobre Améliazinha, muerta así, de repente…
El antiguo Bibi exclamó:
—¿Cómo? ¿Améliazinha, aquella guapita que vivía en la Rua da Misericórdia? ¿Ha muerto?
El doctor Godinho también lo ignoraba y pareció consternado.