El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El señor alcalde lo había sabido por su criada, que se lo había oído a la Dionísia. Se decía que había sido un aneurisma.
—Pues, señor párroco —exclamó Bibi—, disculpe si hiero sus respetables creencias, que por otra parte son las mías… Pero Dios ha cometido un auténtico crimen… ¡Llevarnos a la muchacha más hermosa de la ciudad! ¡Qué ojos, señores! Y además con aquel picantito de la virtud…
Entonces, en un tono de pésame, todos lamentaron aquel golpe que tanto debía de haber afectado al señor párroco.
Él dijo muy serio:
—Lo he sentido de verdad… La conocía bien… Y con sus buenas cualidades hubiera sido, sin duda, una esposa modelo… ¡Lo he sentido mucho!
Estrechó silenciosamente sus manos y, mientras los caballeros volvían a la ciudad, el padre Amaro se fue trotando por la carretera, sobre la que ya oscurecía, hacia la estación de Chão de Maçãs.