El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al día siguiente, a las once, el entierro de Amélia salió de A Ricoça. Era una mañana áspera; el cielo y los campos estaban ahogados por una niebla parduzca; y caía, muy menuda, una lluvia muy fría. La capilla de Os Poiais estaba lejos de la quinta. El monaguillo que iba delante, con la cruz en ristre, se daba prisa, chapoteando en el lodo con grandes zancadas; el abad Ferrão, de estola negra, se abrigaba, murmurando el Exultabunt Domino bajo el paraguas que sostenía a su lado el sacristán que llevaba el hisopo; cuatro trabajadores de la quinta, bajando la cabeza ante la lluvia oblicua, llevaban en unas parihuelas la caja que albergaba en su interior el féretro de plomo; y bajo el vasto paraguas del casero, la Gertrudes, con manto alrededor de la cabeza, desgranaba las cuentas de su rosario. A la vera del camino el valle triste de Os Poiais se sumía, completamente gris por la neblina, en un gran silencio; y la voz enorme del vicario mugiendo el Miserere rodaba por la quebrada húmeda en la que susurraban los riachuelos muy llenos.