El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero al llegar a las primeras casas de la aldea, los mozos que llevaban la caja pararon, exhaustos; y entonces un hombre que esperaba debajo de un árbol, cubierto con su paraguas, se unió silenciosamente al entierro. Era João Eduardo, de guantes negros, cargado de luto, con las ojeras cavadas en dos surcos negros y gruesas lágrimas resbalando por su rostro. E inmediatamente se colocaron a su espalda dos criados de uniforme, con los pantalones muy remangados y cirios en las manos, dos lacayos que había enviado el señorito para honrar el entierro de una de aquellas señoras de A Ricoça amigas del abad.
Al ver aquellas dos libreas que ennoblecían la comitiva, el monaguillo se animó y elevó más la cruz; los cuatro hombres, ya sin cansancio, enderezaron las varas de la parihuela; el sacristán bramó un Requiem tremendo. Y por los lodos del impracticable camino de la aldea fue subiendo el entierro, mientras las mujeres se santiguaban a las puertas de las casas, contemplando las sobrepellices blancas y la caja con galones de oro que se alejaban seguidos por el grupo de paraguas abiertos bajo la lluvia triste.