El crimen del padre Amaro

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La capilla estaba en la cima, en medio de un atrio con robles; la campana doblaba, y el entierro se sumió en el interior de la iglesia oscura al canto del Subvenite, sancti que el sacristán entonó con timbre grave. Pero los dos criados de uniforme no entraron porque así se lo había ordenado el señorito.

Se quedaron en la puerta, bajo el paraguas, escuchando, golpeando el suelo con los pies helados. Dentro seguía el gregoriano; después hubo un bisbiseo de oraciones que se iban apagando; y, de pronto, latines fúnebres exhalados por la gruesa voz del vicario.

Entonces los dos hombres, hartos, se fueron del atrio, entraron por un momento en la taberna del tío Serafim. Dos gañanes de la quinta del señorito que bebían en silencio su cuartillo, se pusieron en pie al ver aparecer a los dos criados uniformados.

—Tranquilos, muchachos, sentaos y bebed —dijo el viejo bajito que acompañaba a João Eduardo a caballo—. Nosotros estamos allí, en la lata del entierro… Buenas tardes, señor Serafim.

Estrecharon la mano de Serafim, que les puso dos aguardientes y les preguntó si la difunta era la novia del señor Joãozinho. Le habían dicho que había muerto de una vena reventada.

El bajito rió:

—¡Qué vena reventada! No le reventó nada. Lo que le reventó fue un niño en el vientre…


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